martes, 16 de enero de 2018

Mis peores 52 minutos




El tranvía se detuvo. Nadie entendió el motivo. Los demás pasajeros estaban desconcertados. Parecía que los maquinistas hubieron abandonado los vehículos. El corazón me latía fuerte. La garganta se me encogió y exhalaba muy poco aire. Por la espalda me recorría un hormigueo escalofriante, como el aliento de un lobo soplándome al cuello.
—¡Qué paren los trenes! ¡Esto es Flandes! —exclamó uno de los vigilantes del tranvía.
Tragué saliva. La sangre que recorría por mis venas se empezó a volver gélida. Los flamencos ya habían iniciado esa batalla. Giré la cabeza y vi que todos tenían mi misma expresión de terror.
El agente de seguridad empezó a desalojarnos. Le obedecimos sin rechistar y salimos. El frío del invierno empezó a penetrarme en los huesos. Mis dientes castañeaban inconscientemente.
—¿A dónde vamos? —preguntó una anciana desorientada.
Nadie le respondió. Estábamos conmocionados.
—¡Bajen por aquí y vayan hacia la salida! —gritó un policía flamenco.
Bajamos las escaleras y abandonamos la estación. Fuera había una flota de autobuses que nos devolvían a Bruselas. Estaban llenos y apenas cabía un alfiler.
Otro de los policías me subió a un autobús y me sentó en uno de los asientos del fondo. Mis ojos vibraban. Estaba inmerso en un mar de confusiones.
El autobús arrancó y me llevó de vuelta a Bruselas. Mi corazón se llenó de dolor cuando vi a los policías levantando una valla en la frontera con Flandes. Los carteles de salida estaban escritos en flamenco. Resoplé. Estaba hundido. Flandes había declarado la independencia.
ÓSCAR ALONSO TENORIO

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