viernes, 12 de junio de 2026

Querido diario

 


Esta mañana me siento sola. Me desperté súbitamente y el sudor empapaba mi piel por tu recuerdo. Había soñado contigo, cariño mío, contigo y con lo que fuimos.

Era una soleada mañana del mes de mayo y los pájaros trinaban de forma alegre y melodiosa. Abrí la ventana y con ella mi corazón, ya que te sentí muy dentro de mí, en el aire que respiraba.

Fui lentamente al servicio para ducharme. Vestía un camisón azul, ese que me regalaste el día de nuestro aniversario. Levanté con suavidad sus tirantes y dejé que resbalase por mi cuerpo hasta caer de forma sexy, tal como lo hacen en las películas. Luego abrí el grifo y pensé en ti. Comencé a llorar. Mis lágrimas se mezclaban con el agua hasta parecer competir con ella.

Al salir, me miré al espejo. Lejos quedaba ya aquella muchachita joven y alegre que creía que se iba a comer el mundo y soñaba con encontrar su príncipe azul.

A continuación, me puse un vestido rojo. Elegí ese color porque así me hacía a la idea que besabas con tus labios carmesí todo mi cuerpo, con esa pasión enajenada e infinita que rozaba un erotismo clandestino a las miradas ajenas.

Me bebí una taza de café por desayuno. Tú siempre te quejabas de lo mucho que me gustaba el café y que tomaba demasiados. Yo siempre esbozaba una sonrisa pícara ante esas palabras, pues pensé divertida que tenía celos de él.

Luego cogí mi querido y fiel diario, ese que albergaba en su interior todos los secretos de mi vida. Sentimientos como alegrías y desengaños se mezclaban entre sus páginas formando un crisol agridulce. Él era mi confesor. Siempre consuela desahogarse y ese diario era mi mejor amigo.

Puse la taza de café en el suelo y me senté a su lado con las piernas cruzadas frente al diario. Me disponía a escribir en él las amarguras que sufría esa mañana, pero me detuve. Un impulso inexplicable me hizo retroceder varias páginas hasta la que relataba el día que nos conocimos.

Yo paseaba con unas amigas y tu te acercaste a mí para preguntarme la hora. Te la di y sonreí con coquetería mirando a mis amigas, ya que suponía que aquella pregunta no era más que una excusa para que me fijase en ti. Eso te ruborizó las mejillas y después te marchaste. Sin embargo, pese a aquel anodino encuentro, supe que serías el hombre de mi vida. Sabía, no sé por qué, que te volvería a ver pronto y que ya sería para siempre. Por ese motivo salí sola al día siguiente, para que te fuera más fácil expresar tus sentimientos. Así fue.

Yo me hallaba sentada en un parque dando de comer a las palomas. Aquello siempre me pareció un poco cursi, pero también relajante, hermoso y efectivo para conseguir lo que pretendía.

Llegaste allí puntual, como si lo hubiésemos acordado previamente. Te sentaste junto a mí y hablamos de cosas mundanas. Nuestros ojos eran uno solo del magnetismo que irradiaban. Los tuyos eran azules como el mar. Quise bañarme en ellos y que tú me salvases la vida. Así fue. Me estrechaste en tus brazos y me besaste tímidamente, a lo cual correspondí de igual manera. Estábamos solos y nadie más que las palomas eran testigos de nuestro amor eterno.

Pero una semana después, te diagnosticaron un cáncer en estado avanzado. Yo te cuidé en mi casa y te di todo mi cariño intentando que este fuese la medicina milagrosa que te sanase y evitase lo inevitable. Por aquel entonces, mis ojos eran cristalinos por las lágrimas contenidas que rezumaban. Nunca quise llorar ante ti para no apenarte y que sufrieses tanto como yo. Confieso que muchas veces no podía aguantarme más y en esos momentos me iba al baño, cerraba la puerta y abría el grifo para desahogarme un largo rato. Lloraba amargamente por lo injusta de aquella situación.

Finalmente, falleciste y contigo una parte de mí, pero ese romance perdurará siempre y nada ni nadie podrá borrarlo, porque fuiste el hombre de mi vida y yo la mujer de la tuya.

Abracé fuertemente mi querido diario y lo estreché en mi pecho, cerrando fuertemente los ojos para sentir con más nitidez tu presencia y el recuerdo imperecedero de nuestro amor.

REBECA OLABARRÍA SMITH


jueves, 11 de junio de 2026

Pasión enloquecida

 

Eres tú mí fantasía,

pues me fustigas el alma,

me apresas tras celosías

y en mal tornas mi calma.

 

Adolece mi corazón

si no siento tu presencia,

luego pierdo la razón

hasta morir por tu ausencia.

 

Tu recuerdo es mi sustento,

en mis sueños morarás,

si me abrazas me contento

y me llenas de felicidad.

 

Te amo y lucharé por tu amor,

mujer firme y poderosa,

eres de mi vida lo mejor

y bella como una diosa.

 

GÉMINIS LEGUINECHE

sábado, 3 de febrero de 2024

Inolvidable atardecer

 


Contemplando

un hermoso atardecer

sentí muy dentro de mi ser,

al Señor, deseos de agradecer

que mis ojos pudieran ver

sus maravillas por doquier.

 

Mirando aquel bello paisaje,

pude traer a mi mente

mis más gratos pensamientos,

recuerdos de amores inolvidables

y pude sentir dentro de mi ser

una agradable sensación

de paz y amor.

 

Aquella tarde

me pregunté una y otra vez,

¿por qué algunos hombres

en Dios no han de creer?

Si la naturaleza es fiel evidencia

de que su existencia es verdadera.

 

Le rogué que iluminara

el corazón de aquellas almas,

en las tinieblas no se pierdan

la luz en ellas resplandezca.

 

Fue inevitable no expresarle

lo que mi corazón

sintió aquella tarde,

mientras el sol me sonreía

tras las montañas ocultándose.

 

Esperé a la luna,

se asomó y me saludó

con una tierna sonrisa.

ENRIQUE RODRÍGUEZ

martes, 9 de enero de 2024

¡Viva el romanticismo!


 

La vida es romanticismo;

pues los sentidos seducen;

tan pronto son dramáticos;

como pasan a ser locura.

 

A veces los celos embargan;

a veces el corazón adolece;

a veces creemos que es el final;

pues la vida se torna en infernal.

 

Mas hay que luchar sin denuedo;

porque el romanticismo es amor;

un sentimiento hermoso;

que nos embriaga el corazón.

LUIS FERNANDO RAMOS MARTÍN

jueves, 5 de enero de 2023

A mi madre

 


¡Gracias, Mamá, por darme la vida!

¡Te quiero!

 

Madre, te amo más que ayer,

tanto o más como en mis ayeres de infancia te amaba.

Madre, eres espacios blanquecinos y vacíos,

llenándolos todos de ternura.

Madre de mi calma voladora,

vivo dentro de tu pintura en cada cuadro

hecho por tus manos sobre tu luz cegadora

en cada dibujado trazo,

y en el más grande e indescriptible abrazo.

Madre de inteligencia, comprensión y arte dadora

entre un olvido y un recuerdo que se separan y se unen en

tu magia,

entre una mirada eterna que me conmueve,

que me llama con tu voz,

que me habla y que por ella mi alma se mueve,

madre, te amo entre nuestras batallas,

porque fuiste lo primero de lo oculto de mi amor al nacer,

que en lo más profundo suyo te hallas…


PABLO VOZMEDIANO RODRÍGUEZ (Pablo Voz)

domingo, 2 de octubre de 2022

He sonreído

 

He sonreído como dictaste. Aún no sé si lo hice para ti o contra mí, pero fue una sonrisa honesta y llena, mientras duró. Sé que tracé un nuevo sino sobre algún astro lejano que se regocijó. También él supo que estuve en ti. A veces conmuevo el cielo, a veces soy mucho mejor enemigo de mí mismo si huelo tus raíces.

Estar en ti, estar dentro de ti, estar conmigo cuando me pierdo en ti, recuperarme en ti: son las mejores maneras de olvidar todo lo que ladra y estalla allá afuera donde, ni tú ni yo, somos lo que amamos, sino lo que silenciamos confundidos en la masa de los que tampoco son lo que aman, sino lo que enmudecen entre una avenida y la siguiente pesadilla.

¿El mundo no sabe por qué bailamos? ¿El mundo aún no ha enloquecido con nosotros? ¿El mundo será suficiente cuando tú y yo alcemos una vez más nuestras voces en la noche? Tú te lo preguntas, pero yo ya no pienso en ello. El mundo me aburre. Sé bien que ya no gira cuando lamo tu sexo. Sé bien que lo que ya no gira, se proyecta en la fantasía de las estrellas que se humedecen en tu vientre. Donde el mundo de los giros, detenido, de repente, mide el tiempo en el paso de las voces y los suspiros que invocas en el espacio de los astros estáticos… y yo sonrío.

No es un secreto, ni siquiera es necesario que dudes de ello; cuando te miro desde el espejo, casi desnuda, casi llena de canciones sin sentido pienso, siento, que solo volveré a ser del todo real, una vez más, cuando alcance y abrace todas las líneas de tu cuerpo. Entonces, desvías la mirada y sonríes, como si hubieras adivinado mis pensamientos, como si hubieras presentido como mis huesos y mi carne adquieren sangre. En ese momento, te desnudas del todo y yo, por fin, me hago completamente real.

¿Dónde te encontré? Aunque no es la pregunta correcta porque no fue un encuentro, realmente. Fue un retorno, un vuelo hacia lo olvidado en otra edad, en otro lecho. Donde nos susurramos la promesa de que una noche, al pie de la cruz herida de una era de gozos y horrores, no olvidaríamos amarnos una vez más. Me hablaste en símbolos, olías a senderos secretos, mirabas a montañas distantes, tal vez ubicadas en el fondo del mar o en el nido de un pájaro, no lo sabía, pero eran montañas lo que veían tus ojos. No entendí tu lenguaje de misterios. Ni supe hacia donde conducían todos aquellos caminos que se perdían detrás de una danza. Ni por qué las montañas crecían en  mi pecho cada vez que sonreías un destello y, luego otro, de todo lo que yo no entendía, pero supe que lo amaría en este nuevo vuelo, en este nuevo retorno.


Ahora quiero estar en el mundo. Porque tú eres su dueña. Porque tú detienes para mí sus giros sin sentido hacia el ruido y la confusión. Porque no me entristezco, si oigo un latido y, después, una piel desnuda en medio del camino. Ahora estoy en el mundo. Un mundo demasiado pequeño en el que no caben demasiados sueños si no se ama en exceso; si no se ama contra sus leyes, contra sus mentiras, contra sus límites. Ahora estoy en el mundo porque veo montañas cada vez que miro, y ya no pienso en lo feo que es todo lo que ni mira ni ama, todo lo que es demasiado pequeño y gira sin sentido en medio de toda esa confusión.

Te pregunto: ¿Dónde has aprendido el ritmo de la lluvia? Creo que lo sé, pero quiero que sean tus labios los que lo confiesen sellados en los míos. Creo que ya lo sé todo de ti. Creo que ya sé por qué lamentas que una flor no recuerde tu nombre, ni tu edad. ¿Acaso no soñaste que te moriste en todas ellas alguna vez? ¿Acaso no fuiste, tú también, una flor en esos jardines de espinas en los que creciste? Creo que ya lo sé todo, pero quiero que me lo dibujes en la piel, una vez más, cuando el cielo retroceda y la tierra me devuelva tus mares. Sí, creo que ya lo sé todo de ti. Pero cada viaje es un nuevo peregrinaje, aún no he terminado de amarte, me queda mucho que explorar erguido dentro de ti.

A veces mueres sin siquiera darte cuenta. A veces mueres sabiendo que estás  muriendo y, aun así, sonríes: me das una montaña, un camino, una danza. No logro comprenderlo. ¿Se puede dar vida en la tumba? ¿Se puede ser una tumba llena de vida? Mi muerte, en cambio, es lenta y llena de olvido. Mi muerte no ama, y además, se esconde de la vida. Pero la tuya, se aleja y, sin embargo, deja tu perfume en cada ventana, en cada pedazo de aire, en cada pájaro que veo cruzar la habitación. A veces pregunto a todos esos pájaros qué clase de muerte es una que deja vida tras de sí. Me contestan que no debo conocerlo. Me dicen que no debo escuchar lo que sólo los pájaros pueden pronunciar, y después, se van contigo o hacia ti, no lo sé.

¿Cuántas veces hemos sido perseguidos y exiliados? ¿Cuántas veces hemos comprendido que estamos locos y solos? No me importa lo que el mundo desconoce de lo mucho que hay en ti y en mí. No me importa si no nos abre sus ventanas y nos oculta su rostro, después de todo, siempre nos desnudamos donde sea. No me importa nada si permaneces en mí, dentro de mí o conmigo cuando no estoy en mí. No me importa nada, ya no. Mis pasos, ahora, son una danza en torno a tu carne desnuda y ese es un mundo que nunca se cierra ni ignora. Partamos al exilio, locos y solos, una vez más. Te prometo que el cielo también se ríe de todo en ese mundo que dejamos atrás, porque ni llora ni comprende.


A veces te toco y tiemblo. Si fuera poeta hablaría la lengua de los lobos y de las raíces de los árboles. Porque, en esos momentos, tiemblo y siento que nada me separa de la tierra que piso o de las bestias y bosques que lo visten. A veces tiemblo por dentro, no soy poeta, pero, aún así, en esos instantes hablo con mi voz todas las voces de mis huesos. Me dicen que te amo, me dicen que se romperán cuando llegue el día y me olvides. Sucederá, lo sé. Un día, con el cuerpo quebrado, no podré caminar o apuntar a tu recuerdo en alguna estrella en el firmamento: tú me habrás olvidado. También yo te olvidaré, también tú me recordarás en otra vida, en otro tiempo. Volveremos a encontrarnos porque no hay amor que no se repita, pese a las tumbas llenas de huesos rotos.

A veces tiemblo. A veces te amo más antes de olvidarte. Lo hago sin ser un maldito poeta.

  

DAVID CRAULEY @DCrauley

 

miércoles, 14 de septiembre de 2022

Alaska

 


El lila de la realeza, de la belleza y la opulencia;

la montaña sagrada y sus aguas;

eres más que el norte;

eres el sur, el este y oeste;

cual guardián te eriges, delante de los demás; 

la nieve blanca y perfumada;

eres agua, flores, amor y alegría;

eres la valentía y el orgullo de tu gente;

el objetivo del caminante;

el sueño de muchos;

despertarse con la realidad de tus aguas claras,

transparentes y puras;

como la Virgen que aguarda por esposo;

deslumbrante belleza;

muy poca vista;

un pueblo guardado, oculto,

lleno de alegría y bendiciones de la mano de Dios...

KAREM SUÁREZ

Imagen: Ross Brusneck

viernes, 2 de septiembre de 2022

Noche de faros dormidos

 


 

En noche de faros dormidos te conocí.

Te refugiabas en el abrigo maternal,

 

cálido e inexpugnable. El esplendor

de tu piel anunciaba firme vitalidad,

 

certeza traidora e incierta que borró

la consciencia del ruin despotismo del azar.

 

En días de nubes claras finjo que tal vez

te escapes un rato de la eternidad.

 

KASSIUS HEID (Twitter: @heidkassius)