Esta mañana me siento sola. Me desperté súbitamente y el sudor empapaba mi piel por tu recuerdo. Había soñado contigo, cariño mío, contigo y con lo que fuimos.
Era una soleada mañana del mes de mayo y
los pájaros trinaban de forma alegre y melodiosa. Abrí la ventana y con ella mi
corazón, ya que te sentí muy dentro de mí, en el aire que respiraba.
Fui lentamente al servicio para ducharme.
Vestía un camisón azul, ese que me regalaste el día de nuestro aniversario.
Levanté con suavidad sus tirantes y dejé que resbalase por mi cuerpo hasta caer
de forma sexy, tal como lo hacen en las películas. Luego abrí el grifo y pensé
en ti. Comencé a llorar. Mis lágrimas se mezclaban con el agua hasta parecer
competir con ella.
Al salir, me miré al espejo. Lejos
quedaba ya aquella muchachita joven y alegre que creía que se iba a comer el
mundo y soñaba con encontrar su príncipe azul.
A continuación, me puse un vestido rojo.
Elegí ese color porque así me hacía a la idea que besabas con tus labios
carmesí todo mi cuerpo, con esa pasión enajenada e infinita que rozaba un erotismo
clandestino a las miradas ajenas.
Me bebí una taza de café por desayuno. Tú
siempre te quejabas de lo mucho que me gustaba el café y que tomaba demasiados.
Yo siempre esbozaba una sonrisa pícara ante esas palabras, pues pensé divertida
que tenía celos de él.
Luego cogí mi querido y fiel diario, ese
que albergaba en su interior todos los secretos de mi vida. Sentimientos como
alegrías y desengaños se mezclaban entre sus páginas formando un crisol
agridulce. Él era mi confesor. Siempre consuela desahogarse y ese diario era mi
mejor amigo.
Puse la taza de café en el suelo y me
senté a su lado con las piernas cruzadas frente al diario. Me disponía a
escribir en él las amarguras que sufría esa mañana, pero me detuve. Un impulso
inexplicable me hizo retroceder varias páginas hasta la que relataba el día que
nos conocimos.
Yo paseaba con unas amigas y tu te acercaste
a mí para preguntarme la hora. Te la di y sonreí con coquetería mirando a mis amigas,
ya que suponía que aquella pregunta no era más que una excusa para que me
fijase en ti. Eso te ruborizó las mejillas y después te marchaste. Sin embargo,
pese a aquel anodino encuentro, supe que serías el hombre de mi vida. Sabía, no
sé por qué, que te volvería a ver pronto y que ya sería para siempre. Por ese
motivo salí sola al día siguiente, para que te fuera más fácil expresar tus
sentimientos. Así fue.
Yo me hallaba sentada en un parque dando
de comer a las palomas. Aquello siempre me pareció un poco cursi, pero también relajante,
hermoso y efectivo para conseguir lo que pretendía.
Llegaste allí puntual, como si lo hubiésemos
acordado previamente. Te sentaste junto a mí y hablamos de cosas mundanas.
Nuestros ojos eran uno solo del magnetismo que irradiaban. Los tuyos eran
azules como el mar. Quise bañarme en ellos y que tú me salvases la vida. Así
fue. Me estrechaste en tus brazos y me besaste tímidamente, a lo cual
correspondí de igual manera. Estábamos solos y nadie más que las palomas eran
testigos de nuestro amor eterno.
Pero una semana después, te
diagnosticaron un cáncer en estado avanzado. Yo te cuidé en mi casa y te di todo
mi cariño intentando que este fuese la medicina milagrosa que te sanase y
evitase lo inevitable. Por aquel entonces, mis ojos eran cristalinos por las lágrimas
contenidas que rezumaban. Nunca quise llorar ante ti para no apenarte y que
sufrieses tanto como yo. Confieso que muchas veces no podía aguantarme más y en
esos momentos me iba al baño, cerraba la puerta y abría el grifo para
desahogarme un largo rato. Lloraba amargamente por lo injusta de aquella
situación.
Finalmente, falleciste y contigo una parte
de mí, pero ese romance perdurará siempre y nada ni nadie podrá borrarlo,
porque fuiste el hombre de mi vida y yo la mujer de la tuya.
Abracé fuertemente mi querido diario y lo estreché en mi pecho, cerrando fuertemente los ojos para sentir con más nitidez tu presencia y el recuerdo imperecedero de nuestro amor.
REBECA OLABARRÍA SMITH

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